Reflexionando sobre el amor en Delirium.

¿Qué hay, mentes inquietas?

Esta semana he terminado de leer Delirium, de Lauren Oliver. Es una novela que ya tiene un tiempecito pero que andaba rondando por la biblioteca y me apetecía leer aunque no me la habían recomendado (no puedo evitar ser rebelde).

En la obra, Lena, una joven de diecisiete años, vive en un mundo en donde el amor es tratado como una enfermedad. Se describen sus síntomas y se recopilan en libros en los que se dan consejos a los jóvenes para librarse de él, con la advertencia de que su causa final es la muerte. La muerte por amor, propiamente dicha. El sentimiento enfermizo de no querer seguir viviendo si no es junto a la persona a la que amas. En este extraño contexto, las personas son sometidas a una intervención (a los dieciocho años) que les libra del deliria nervosa de amor, y que promete una vida feliz y libre de sufrimiento. Si bien, esa intervención los convierte en fantasmas que no sienten pena, que dejan pasar el tiempo y en los que el apego desaparece. No hay amor, ni tan siquiera, para los niños.

En Delirium, como bien podréis adivinar, viviremos una historia de amor prohibido que llevará a los protagonistas a cometer diversas locuras.

El argumento es, como poco, curioso, y la novela es entretenida. Y no solo eso, sino que además, ha conseguido que reflexione una vez más sobre el individualismo de la sociedad en la que vivimos. Es algo que tengo bastante claro, pero que debo recordarme de tanto en cuando para seguir avanzando.

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¿Qué está pasando con el Amor en nuestro mundo? Así, con mayúsculas. No hablo solo del amor en pareja, de ese amor del bueno, en el que la otra persona representa un apoyo y un impulso a la vez; un hogar al que volver y un avión con el que volar; un sueño y una realidad. Hablo del Amor en general. Tengo la sensación, y esto es fácilmente constatable, que vivimos para nosotros mismos. Parece que lo más importante es lo que nosotros sentimos, lo que creemos, lo que pensamos, lo que nos hace felices de manera individual y que todo eso es totalmente irrenunciable. Nos enseñan a criar a nuestros hijos en soledad, en desapego; mecidos en una disciplina desmedida que los aleja de nuestros brazos, por miedo a que sean demasiado amados y no sepan desenvolverse en un mundo lleno de odio. Nos enseñan a gritar, a pelear, a competir: saca la mejor nota, gana la carrera, sé más bonita… Pero no nos enseñan a amar, a respetar, a ser feliz haciendo feliz y a recibir amor dando amor. ¿Demasiado filosófico? Tal vez. Pero, creedme, algo se pudre ahí afuera y está en nuestras manos cambiarlo. Una sonrisa, un <<gracias>>, un <<pase un buen día>>. Y luego un mensaje a esa amiga que lo necesita, un follow a un desconocido que comienza su blog, un corazoncito a todas aquellas fotos en Instagram que te gustan. A todas, sin importar de quien son. Porque no pasa nada por dar un poquito de amor.

Tal vez la segunda parte de esta trilogía no siga este mismo camino y se convierta en una floja historia de amor trágico a lo Romeo y Julieta, no lo sé. Pero al menos, me llevo esta reflexión.

Recordad: los libros no se leen, se viven. ¡Disfrutad la aventura!

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