Micro relato: Diario de autobús.

He estado toda la semana pensando en él. Nunca antes había reparado en su presencia y, aunque no nos encontramos en una de las líneas con menor afluencia de pasajeros, casi todos nos conocemos de vista. De memoria soy capaz de recordarlos: el hombre de la coleta, la chica del pelo azul, la mujer que carga con el carro de la compra… Cuando tomas la misma línea día tras día, de alguna manera aflora un sentimiento de familiaridad entre los pasajeros. Es extraño, pero rutinariamente agradable. Sin embargo, él es diferente.

Estos días ha estado ocupando un lugar en la última fila de asientos, intuyo que durante varias paradas antes de que suba yo. Lee, escucha música o se apoya en el cristal procurando distraerse con el grisáceo paisaje de la ciudad. O tal vez solo sea capaz de observar la suciedad que se adhiere a la ventana como si de una segunda piel se tratase.

Me he colocado frente a él en más de una ocasión. Pretendo ser una buena estudiante y extraigo los apuntes de la carpeta fingiendo que los releo. Pero lo que realmente me interesa es tener algo tras lo que esconder las furtivas miradas que le lanzo. Un escudo que solape mi desvergonzada curiosidad. Sus ojos soñolientos son pura obsidiana y el cabello desordenado le cae sobre los hombros. Emana un extraño halo de fugitivo que intenta pasar desapercibido en una nueva ciudad. Tal vez sea así, porque de otro modo no se me ocurre de qué manera su luminosa figura puede haberse escondido de mí.

El lunes por la mañana encuentro el autobús anormalmente concurrido. Busco su presencia con anhelo y lo descubro sujetando con firmeza una de sus lecturas con una sola mano, totalmente impasible a las sacudidas del vehículo. Me escurro entre los pasajeros, pretendiendo encontrar un punto de apoyo pero lo único que me interesa es estar junto a él y provocar un encuentro fortuito. Un cruce de miradas. Un roce inocente que le haga saber que estoy aquí. Que le estoy observando. Que quiero conocer todo de él. El autobús frena bruscamente y somos varios los que nos precipitamos al suelo. El rubor inunda mis mejillas cuando descubro que él nos observa. No es esta la forma en la que había imaginado que sería consciente de mi existencia. Le tiende la mano al señor de la coleta para ayudarle a incorporarse y yo reniego de mi mala fortuna deseando que esos dedos hubiesen buscado los míos intencionadamente. Pero no son para mí. Así que me levanto y recompongo mi aspecto con timidez.

Ana dice que me he vuelto loca. Que no puedo obsesionarme con un chico al que no conozco. Ella no entiende que su sola presencia representa una alegría para mí cada mañana. Que en ocasiones creo que me mira con discreción y que imagino que ha reparado en mí. Fantaseo con sus caricias revolviendo mi pelo. Con el tacto de sus manos sobre mis mejillas. Con su aroma fresco inundando mis sentidos. Y desfallezco. Oh, sí, desfallezco al imaginar que me besa con fruición, arrastrando sus labios en un contacto dulce e inmarcesible. Puede que Ana tenga razón, pues estoy empezando a pensar que solo se trata de un instinto irracional que me atrae hacia él.

Mientras le observo de reojo entre ejercicios de derivadas e integrales que no consigo entender, él se muestra ocupado. Desliza sus dedos con rapidez por la pantalla de su teléfono y descubro su jugosa sonrisa, en un gesto delicioso que resulta más que suficiente como para colmar las primeras horas de clase. Le veo bajar dos paradas antes que la mía e, inconscientemente, rastreo el mapa de la zona para averiguar a qué instituto va. Creo que la chica del pelo azul se ha dado cuenta del interés que muestro hacia a él porque me ha sonreído con picardía cuando he seguido su silueta al descender.

Hoy he tenido que correr para alcanzar el autobús de las ocho y diez. El autobús en dónde cada día nos encontramos en un silencioso baile de intenciones. El conductor ha abierto las puertas solo para mí y me ha saludado por mi nombre. El esfuerzo de la carrera me provoca una torpeza que sumada a su repentina aparición, apoyado junto a la máquina de fichar, consigue que las manos me tiemblen. Sé que me mira, pues no hay nadie más allí, y sin pretenderlo el bono bus se me cae de las manos.

—¿Es tuyo? —me ha preguntado con retórica, mirándome fijamente por primera vez—. Por un momento pensé que hoy no llegabas…

Todavía no sé su nombre.

 

 

 

 

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